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El Reportero del Escambray

En la cima de la Feria

En la cima de la Feria  Por Norland Rosendo González

Foto: Ramón Barreras Valdés

La Feria del Libro llegó a las nubes. Y no lo hizo en avión. Una vez en mulo y otra en barco. Así recorrió parajes del Escambray que están muy próximos al cielo, donde la gente aguardaba desde muy temprano por la gran fiesta de la literatura.Al mediodía ya la neblina comienza a vestir las montañas; y si en el llano no llueve hace un tiempo, allá arriba resulta difícil que transcurra una semana sin los habituales aguaceros. Pura naturaleza, que quizás inspire el próximo poema de Israel Domínguez, el único autor que se embarcó en la lancha para vivir al otro lado del lago Hanabanilla, en la comunidad El Naranjito, la aventura de leer fragmentos de su obra Después de acompañar a William Jones, en un lugar pleno de espiritualidad, como lo calificara él mismo.En Guaniquical —nombre que parece de una aldea maya— fue la primera parada de la embarcación Turquino. Y bajo una mata de mangos, justo en la pendiente que sirve de frontera al embalse, Marta Rodríguez García compró Cien Horas con Fidel. «Había más gente esperando, pero como ustedes se demoraban fueron a almorzar. Yo no, yo dije que no me movía de aquí hasta que tuviera en mis manos este libro.«No saben el tiempo que llevaba esperando por una oportunidad así, porque me fascina la vida del Comandante. Y mire usted dónde pude adquirirlo, en mi propia casa. Qué privilegios ofrece esta Revolución», expresó.Absortos, como Cristóbal Colón cuando avistó las bellezas exuberantes de las tierras americanas, quedó la embajada cultural al anclar en El Naranjito. Los ojos se pierden en la inmensidad del lago y la virginidad de las lomas, y el descubrimiento no fue solo de la geografía, sino la novedad musical del Quinteto Él, un hombre que toca cinco instrumentos a la vez y canta, improvisa y hace bailar a toda la gente del lugar.Lino Pérez de Armas es el genio de ese cajón de madera que saca notas de merengue, sones, guarachas y punto cubano con el movimiento de los pies y las manos. Así hace sonar güiro, maraca, cencerro, marímbula y tres. Y mientras sobre dos mesas se abría la Feria dentro de en un criollo caney de guano, él tocó y cantó a voz en cuello para que la fiesta de la literatura tuviese la sensación de la auténtica cubanía.Ni siquiera la llovizna de la tarde pudo impedir el jolgorio ni que los botes de los lugareños, anclados allí desde hacía horas, regresaran a sus hogares con una carga inusual: libros.Por la otra falda del Escambray no hay lagos, solo trillos y caminos por los cuales apenas transitan los mulos y, si no llueve, los tractores y algún que otro carro de montaña. Hasta allá también fue la Feria.En Aguas Claras, a 750 metros sobre el nivel del mar, está la cima de la gigantesca carpa que es Villa Clara esta semana. A lomo de un arria de mulas subieron las cajas con los textos, por una pendiente de más de tres kilómetros que les ponen de punta las cabelleras a las mujeres y les encogen la virilidad a los hombres. Allí, la mayoría de las montañas quedan bajo los pies de uno, y Jibacoa parece una diminuta mancha blanca allá abajo. La brisa bate fuerte y las nubes están casi al alcance de las manos.En la escuelita rural Niceto Pérez García se hallan reunidas las familias. En el portal «se monta el quiosco» y los cuatro alumnos tienen el privilegio de inaugurarlo. ¡Comenzó la Feria en Aguas Claras! El mediodía es cálido, a pesar de que durante la mañana no se veía el sol. Aliesky Chávez de Armas tiene 8 años y está en tercer grado,  compró Trenes, de José Antonio Medina. —¿Y por qué ese, si acá arriba no pueden subir?— Por eso, porque solo los veo cuando voy a Santa Clara. Mira qué lindos y grandes, y qué rápido corren.Yeiselín lleva en sus manitos muchos libros: cuentos infantiles, algunos de colorear. Como es tan chiquita, los abraza contra su pecho para que no se les caigan.Erisdany y Liosdany todavía no tienen edad escolar, pero saben hojear, y dejan a un lado la muñeca y el caballo de palo para ver las figuritas y reírse con ellas.  Una mujer compró un recetario de cocina. Todas quieren leerlo. Otra, la más longeva del grupo, acaricia Cien Horas con Fidel. «¡Es mío!, las mejores horas de mi vida han sido con él y la Revolución, y mire que son muchísimas, desde 1959.» De las nubes de la Feria solo se baja con el corazón lleno de emociones y las alforjas del arria casi vacías.
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