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El Reportero del Escambray

La paz del Escambray se defenderá hasta con machetes

Por Norland Rosendo González

 Cada mañana las alturas del Escambray, en el centro de la Isla, amanecen tan azules como en los últimos meses de 1958, cuando el Che Guevara estableció aquí su campamento y liberó los pueblos de esa región, víctimas de los gobiernos lacayos impuestos por Estados Unidos a inicios del siglo pasado.

Los moradores de la serranía, donde la Revolución ha erigido una colosal obra socioeconómica, apenas supieron de la Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba, comenzaron a ratificar la convicción de que estas montañas son un bastión inexpugnable para el enemigo, por muy poderoso que sea este en armamento.

«Cada palmo de este sitio será una trinchera, una emboscada para enfrentar a quien intente agredirnos», aseveró Eddy Juvier Duardo, un hombre que cumplió misiones en Viet Nam, lugar del que recuerda las tristes secuelas dejadas en ese país por la saña del imperialismo yanqui; y Angola, donde también vivió la barbarie de las tropas sudafricanas amparadas por Washington.

En los asentamientos del lomerío villaclareño hay confianza en la Revolución, en Fidel, aunque deba permanecer unas semanas de reposo para restablecer su salud, y en la unidad de todo el pueblo, guiado por el Partido Comunista de Cuba, razón por la cual nadie tembló mientras escuchaba la Proclama, y están dispuestos a defender la paz de estas montañas hasta con los mismos machetes empleados en las jornadas de trabajo en los cafetales.

El Escambray amaneció tranquilo, como de costumbre, con su gente inmersa en las faenas habituales, solo que el tema de conversación era el mismo en todos los lugares: ¿cómo estará Fidel?, ¿habrá pasado mejor la noche?

 De estas lomas nunca nadie se ocupó antes del Primero de Enero de 1959. Los campesinos vivían en bohíos construidos con pedazos de tablas y guano de palma, con pisos de tierra, sin luz eléctrica; existían poquísimas escuelas rurales y ningún hospital.

Las carreteras eran los trillos hechos por los caballos y los mulos; y los niños tenían por juguetes los instrumentos de trabajo para ayudar a la economía familiar.

Pero las promesas del Che y Fidel sí se hicieron realidad, pues no venían de los políticos tradicionales que solo subían a esas alturas de elección en elección, tras los votos de los habitantes del Escambray, y después se olvidaban de sus compromisos  demagógicos.

Hoy en estas lomas todos los niños tienen garantizados los estudios, y en Jibacoa, una de las localidades más intrincadas, existe una sede universitaria para formar especialistas en deporte.Desde hace varios años no se registran decesos infantiles ni maternos durante el parto, y la red de asistencia médica alcanza los más recónditos parajes de esta geografía, donde también funciona un centro de investigaciones sobre el café que descuella por sus aportes científicos.

Las escuelas están dotadas de computadoras, televisores y vídeos para garantizar la calidad de la enseñanza, similar a la de los centros educacionales de las ciudades, y en aquellos lugares donde no llega el servicio de electricidad, fueron instalados paneles solares que tributan la energía requerida para el funcionamiento de estas tecnologías.

«Sobradas razones para vivir orgullosos de la obra de la Revolución aquí, y trabajar cada día más», afirmó el joven Franklin Águila Rodríguez, quien solo está preocupado por la salud del Comandante en Jefe, pues sabe que en esta serranía la gente ama la paz, «y quien intente alterarla encontrará la respuesta convincente de un pueblo humilde, pero muy valiente y revolucionario, que no se deja encantar por los cuentos de las sirenas frustradas de Miami».

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